
Despertamos. Nos bañamos. Nos vestimos. Desayunamos. Cargamos los materiales de estudio en la mochila. Viajamos a la facultad. Caminamos velozmente en la calle para que nada nos interfiera. No escuchamos, no miramos; nada nos debe detener. Las publicidades estáticas nos rodean y decoran nuestro trayecto con la ilusión de un mundo mágico en el que la felicidad es posible gracias a la compra y venta de mercancías.
Llegamos. Ingresamos por Ramos o Franklin. Hacemos un profundo esfuerzo por transitar velozmente hacia nuestra aula de cursada. Miramos hacia adelante y hacia abajo, para no cruzar miradas con nadie ni observar ningún cartel que nos distraiga. Nos extienden volantes y publicaciones. Nada, no las tocamos. Alguien busca hablarnos, pero le ignoramos. No podemos perder tiempo.
Entramos a nuestra aula. Buscamos un asiento. No nos interesa quienes están al lado nuestro. Nuestro horizonte es el pizarrón. No miramos a los costados. No hablamos con nadie. Ingresa el docente. Se acomoda. Esperamos.
Comienza la clase. Escuchamos y copiamos. Lo que pensamos, lo acomodamos a lo que nos dice. No cuestionamos, lo asumimos como certeza. Desarrolla ideas, cierra conceptos, y nos pregunta “¿hay dudas, alguien no entendió algo?”. Silencio. Todos y todas asentimos. Anotamos correctamente los nombres de los autores citados, y el título de los textos. Alguien levanta la mano para preguntar, y nos desvía de la lógica. Cerramos nuestros oídos. El docente responde, y volvemos a abrirlos.
Termina la clase. Guardo mis cosas. Me levanto y me retiro presurosamente hacia la salida. Nuevamente esquivo los volantes que me ofrecen, y esquivo a todas las personas que buscan hablarme. Derecho hacia mi casa. Debo ir a leer los materiales para confirmar que todo lo que me dijeron era verdad. Termina mi día.
Más o menos esta es la dinámica que día tras día se repite entre la gran mayoría de nosotros y nosotras, estudiantes de Ciencia Política. No nos parece demasiado ajeno ni demasiado tomado de los pelos, porque lo sufrimos toda la vida, desde jardín de infantes hasta hoy. Trasciende las instancias educativas, y se repite en lo laboral y en nuestras otras instancias de socialización.
Por supuesto, hay cosas que hacen ruido. Hay cosas que buscan desviarnos de la dinámica impuesta, pero los mandatos con los que cargamos y que nos determinan cotidianamente son bastante fuertes. Ese mensaje, impuesto por nuestros padres y por otras personas que se consideran con autoridad para opinar, nos dice “a la Universidad se va a estudiar, y no a hacer política". Parecen desconocer que el no hacer política es, precisamente, una decisión política
¿Todo lo que hacemos y pensamos es una linealidad, algo predeterminado y establecido? ¿No hay dudas o incertidumbre? ¿Existe un plan que hay que seguir y del cual no hay que apartarse? ¿No hay lugar para nuestras propias ideas e inquietudes? ¿El plan de estudios está constituido brillantemente y no hace agua por ningún lado? ¿El sentido de la carrera es certero? ¿Cursarla nos dará inmediatamente salida laboral? ¿La politología es neo institucional y no hay otras formas de pensarla?
La intención de esta publicación no es responder a estas inquietudes, sino formulárnoslas.
Llegamos. Ingresamos por Ramos o Franklin. Hacemos un profundo esfuerzo por transitar velozmente hacia nuestra aula de cursada. Miramos hacia adelante y hacia abajo, para no cruzar miradas con nadie ni observar ningún cartel que nos distraiga. Nos extienden volantes y publicaciones. Nada, no las tocamos. Alguien busca hablarnos, pero le ignoramos. No podemos perder tiempo.
Entramos a nuestra aula. Buscamos un asiento. No nos interesa quienes están al lado nuestro. Nuestro horizonte es el pizarrón. No miramos a los costados. No hablamos con nadie. Ingresa el docente. Se acomoda. Esperamos.
Comienza la clase. Escuchamos y copiamos. Lo que pensamos, lo acomodamos a lo que nos dice. No cuestionamos, lo asumimos como certeza. Desarrolla ideas, cierra conceptos, y nos pregunta “¿hay dudas, alguien no entendió algo?”. Silencio. Todos y todas asentimos. Anotamos correctamente los nombres de los autores citados, y el título de los textos. Alguien levanta la mano para preguntar, y nos desvía de la lógica. Cerramos nuestros oídos. El docente responde, y volvemos a abrirlos.
Termina la clase. Guardo mis cosas. Me levanto y me retiro presurosamente hacia la salida. Nuevamente esquivo los volantes que me ofrecen, y esquivo a todas las personas que buscan hablarme. Derecho hacia mi casa. Debo ir a leer los materiales para confirmar que todo lo que me dijeron era verdad. Termina mi día.
Más o menos esta es la dinámica que día tras día se repite entre la gran mayoría de nosotros y nosotras, estudiantes de Ciencia Política. No nos parece demasiado ajeno ni demasiado tomado de los pelos, porque lo sufrimos toda la vida, desde jardín de infantes hasta hoy. Trasciende las instancias educativas, y se repite en lo laboral y en nuestras otras instancias de socialización.
Por supuesto, hay cosas que hacen ruido. Hay cosas que buscan desviarnos de la dinámica impuesta, pero los mandatos con los que cargamos y que nos determinan cotidianamente son bastante fuertes. Ese mensaje, impuesto por nuestros padres y por otras personas que se consideran con autoridad para opinar, nos dice “a la Universidad se va a estudiar, y no a hacer política". Parecen desconocer que el no hacer política es, precisamente, una decisión política
¿Todo lo que hacemos y pensamos es una linealidad, algo predeterminado y establecido? ¿No hay dudas o incertidumbre? ¿Existe un plan que hay que seguir y del cual no hay que apartarse? ¿No hay lugar para nuestras propias ideas e inquietudes? ¿El plan de estudios está constituido brillantemente y no hace agua por ningún lado? ¿El sentido de la carrera es certero? ¿Cursarla nos dará inmediatamente salida laboral? ¿La politología es neo institucional y no hay otras formas de pensarla?
La intención de esta publicación no es responder a estas inquietudes, sino formulárnoslas.
No tenemos solución para ninguna de estas cuestiones, pues queremos discutirlas para actuar.
No buscamos representar a ningún pensamiento ni a ninguna corriente en particular, sino que buscamos involucrarnos personalmente.
Las voces de todos y todas son imprescindibles.
La Política es acción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario